Críticas sobre El lugar imperfecto.

"Presentación de El lugar imperfecto - La Paz": Juan Claudio Lechín.

“Apresurado público:
No se puede leer El lugar imperfecto de un zopetón, como me he tenido que hacerlo para hacer esta presentación. No es un libro pasajero, se trata más bien de un libro de compañía, y, como sabemos, la compañía es el triunfo sobre la soledad. Lo aconsejable es pues establecer una relación con El lugar imperfecto , como esas relaciones casi extinguidas de las aristócratas con una dama de compañía. Y esa duquesa o condesa impertinentes, van a descubrir que esta dama de compañía, cada vez que abre la boca de un poema, dice melodías de jardín granadino: aquí, una celosía de helechos resguarda un refugio de ajedrez, allá una esquina de alelíes, detrás de un quebracho otra de jazmines, y, más allá, escondido de la rutina, un caos de fragancias para aturdir los sentidos. Detrás de un palenque de afiladas rocas, que previenen a todo visitante cobarde, hay una pequeña llanura de tréboles, mullido reposo de los amantes, protegida de toda indiscreción por el cuenco del ala de un árbol custodio.
Pero esta compañía, también suele decir laberintos horribles. Los hay de pino recortado, como muros, que hacen rigurosas figuras geométricas, remolinos del desconcierto más hondo, y los hay de roca y arena, desérticos, difíciles, infiernos llenos de sed y angustia. Más, sobre el ulular del viento y de la nada, la voz del almuecín vocifera su canto reclamando que el dolor de esta sequedad es también cosa de Dios.
El jardín granadino ya se ha olvidado en Latinoamérica, donde lamentablemente se instaló con la Independencia el jardín inglés, de raso pasto verde y plantas linealmente dispuestas al borde del cuadrante. Pero El lugar imperfecto nos regresa a ese lugar de sorpresas de los almoravídes. Ya ven ustedes, que so pena de una contrariedad, de un empacho o de una molestosa confusión, no se puede visitar a este libro de un zopetón.
El lugar imperfecto , comienza flanqueado con advertencias al “impaciente lector”, al cual castiga, no pocas veces, y con explícito enojo. Ese lector impermeable más que un fantasma son “muchos” y “muchas” que no han querido jugar con el poeta en las fuentes, que se han negado, sistemáticamente a disfrutar, del pesca-pesca de los siete años. En parte es la indiferencia, pero sobre todo porque al juego de la poesía, la actualidad no lo tiene ya de moda en el imaginario de todos. Y en toda época, salirse de la actualidad de las modas ha sido cosa de locos, de fanáticos, de lascivos, de iluminados o bien de los sensibles que portan demasiado coraje. Que venga el diablo y escoja.
Pero una vez que hace entrar a este “impaciente lector” a la “caja de palabras”, como le llama al libro, una vez encadenado como un Perseo, le hace escuchar las Gymnopedies de Satieh, para ablandarle la insensibilidad. Luego, y como el criminal de la naranja mecánica, le va a hacer disfrutar de la poesía aunque no quiera, a medida que lo va hipnotizando. Con esa dialéctica va desgranando las defensas que la actualidad le ha sembrado como convicciones.
Y paulatinamente va invirtiendo los papeles, convierte al inopinado lector en escritor, y al poeta en lector de su vida, y poco a poco se van fusionando: las angustias de uno son las angustias del otro, y, de esa manera, se va produciendo “el único espacio de fondo de un lugar imperfecto”.
Gary, ajustado a su independencia de creador, comienza, contrariamente a lo aconsejado por el marketing publicitario, por uno de los peores lugares de la vida, por la soledad, y, por si fuera poco, continúa con la vejez. Dos parajes que no quiere que su prisionero, ese contemplador pasivo de folletín televisivo, pueda gambetear.
El primer capítulo, Misa de Águilas, es, pues, la honda soledad del poeta, el cual debe darse ánimos para insistir, porque no tiene otra alternativa más que ser de la especie que es. En un poema enseña a morir, en otro captura el solitario universo del que lucha por pagar la factura de luz, y en otro muestra la soledad del crítico literario, de ése que con dedicación selecciona los fragmentos de un trabajo amado, (seguramente los escritos de Borda), y con avaricia, como se esconde un billete ganador de lotería, los guarda, ordenados y bien clasificados, bajo llaves, previniendo que un desconocido duende, como quien nada hace, los sustraiga para perderlos para siempre. Y sin embargo, queda vacío. El poeta, piensa también, que su destino es escribir, pero no sabe si es el destino de su alma. Ya la escritura no lo exalta como antes, y en lugar de considerar que se trata de la serenidad producida por la edad, está seguro que finalmente la locura lo habita, aunque todos lo vean sensato. Y en su locura vuela y cae. Está sólo, su familia duerme… quiere “correr y escupirle a la gente que esa soledad es terrible”. Y uno se asusta, ¿no? Su desesperación ya no es controlable. ¿Es que vaticina su pronta muerte? Si hasta una hermosa frase anuncia su funeral. Parece haber perdido el gobierno de sí mismo.
No. Es peor. Es el comienzo de un mayor calvario, porque en el segundo capítulo, La Rosa de Arena, desnuda a la vejez que le espera, y la palpa como si la conociera. ¡Ardua vejez que nos toca! “Las canas son el primer entierro”, dice. “Los jóvenes no deben estar mucho tiempo con los viejos”, aconseja. “Mirar lo que no veremos más”, medita. “Cada acto, un esfuerzo”, apunta. Sólo queda que el poeta nos sumerja en la muerte. Lógico. Pero, aunque anocheciendo, amanece el tercer capítulo, El ala y la serpiente, con una alegría real, como si no fuera la misma mano decepcionada del principio, la misma mano suicida, la que escribe. Con alegría natural le canta al sexo, al desnudo, y desborda, como al descuido, belleza y simpatía, como si ese brío no le costara. Y si antes no había cesado de recriminar al lector, aquí lo olvida, o, quizá, aquí sabe que gozará sin ambages, y por ello no es necesaria ninguna pedagogía.
En el cuarto capítulo, Donde desaparece la pared , está el sueño del dormir, tan parecido a la vida y tan diferente. Allí una mujer se encuentra con su doble en la cama y se hacen el amor, y allí hace despertar a un personaje del sueño del consumo. El siguiente, Domus Nostra , es el azar. Por azar, nace un ángel rubio del vientre de la Paulina para veneración del vecindario, y está aquél reencarnante que espera un cuerpo para volver a la tierra, y le toca una vida de miseria, de inteligencia limitada, y “esas infernales ganas de vender, vender tu alma al diablo, como si se pudiera”.
En el seis, inverso signo de la Bestia , El resquicio de oro , trata de la inmortalidad y la muerte. “Todos los libros escritos traen desgraciadamente la ventana de la muerte” (LEER), cuenta del sorprendente taller de poesía en el aeropuerto, y al igual que Cervantes que le echa la culpa de su Quijote a Sid Hamed, Gary le echa la culpa a su mano que sonámbula escribe.
Termina en siete, número de cábala, de manera fulminante, con un solo poema-cuento en La Sed y la herida , donde recuerda que “es el corazón el que nos devora por dentro”.
Para lo que vale, es un libro barato, y digo esto porque, con ese precio y el ensueño al que nos mete, queridos asistentes, hay para rato, como dijo un loco comiendo tierra. Va a ayudar a vuestros días, va a conversar con ustedes, a pesar de haberlos maltratado, lectores, con palabras-alfiler. Pero que les importa a ustedes, dilectos asistentes. A ustedes, como a Drácula les interesa la sangre de este libro, no lo que esa sangre piense de sus colmillos. Es lógico que se resista a ser succionada. Es lógico que la virgen por falta de admiración cotidiana ya no quiera ser poseída y se encabrite al solo roce. Pero, y lo dice hacia el final, la trampa es que el escritor que aquí, al lado nuestro, vemos, en realidad ya ha muerto. Solo vive y vivirá el libro, tal cual es. Y qué cantidad de perlas han producido las inseguridades del poeta, que suerte que sus angustias fecunden de esta manera un libro, donde cada poema-cuento late, cada poema-cuento juega en el agua, da saltos y volteretas, sin parar, y también invita a abordar trenes para recorrer el túnel del terror. Qué mejor. Van a ver cómo se prenden a un solo poema-cuento de este Lugar imperfecto , al igual que un niño a un solo juego mecánico, y quiere estacionarse allí, releerlo, aprender sus líneas, una y otra vez, hasta saciarse, y jura comer la sopa, promete hacer las tareas, pero solo una vez más. Luego descubre otro: éste sí, este es mejor, sólo éste quiero.
Nosotros, “los ingratos lectores”, a pesar de los letreros que ha colocado el occiso para proteger su herencia, su jardín, podremos, sin embargo, hacer con este Lugar imperfecto lo que nos de la gana. Y eso también incluye no aprovechar su precio y su utilidad, y no leerlo. En fin, cada quien con lo que quiera. Pero lo que les puedo asegurar es que por este precio no van a conseguir mejor compañía en mucho tiempo."
Juan Claudio Lechín
Feria del libro de La Paz, julio del 2005.

"Desvergonzada euforia": Giovanna Rivero Santa Cruz.

Hay un plano secuencia del que no puedes escapar. La escena no se cierra. El cineasta con nombre de gallo peleador, Hitchkok, podría asomar su obscena papada en cualquier momento. Esa es la impresión que tengo cuando converso con Gary Daher. Hay alguien detrás de sus ojos, adentro, que espía y ve aquello que nos condena a la vergüenza, y cuando lo ve, no te censura, porque él también ha hecho el ridículo. Y, sin embargo, no hay conciencia de ridículo. La violencia de la ciudad, ese brillo sebáceo que la avejenta, el desamparo de los adolescentes, el tajo en la mejilla, los asaltos callejeros cometidos con la picardía de una travesura, todo eso nos ha arrebatado el derecho a hacer el ridículo. Todo lo que puedes hacer, entonces, ya que no el ridículo, es sentir rabia.
La rabia como motor, como energía, incluso como actitud. Pero cuando le pregunto a Gary si él también siente rabia, en reemplazo de otras emociones, él contesta: “no, no siento rabia, creo que nací lisiado del alma”. Moralmente, parecería que la incapacidad de sentir rabia nos otorga una tácita bondad, una dolorosa pureza de espíritu, un estoicismo envidiable. Sin embargo, creo que lo que Gary quiere decir es más complejo que ese enunciado, creo que se trata de una nueva manera de ser Humanos. El punto neurálgico en esta respuesta de Gary, sería, pues, ensayar una nueva manifestación de ser humanos deshabitados de todos los valores análogos al proyecto de hombre que prevaleció hasta fines del Siglo XX. Un proyecto que incluía el éxito como punto de llegada, como culminación. Mi amigo, entonces, tiene razón, tiene razón: el rasgo más sobresaliente del hombre contemporáneo es haber nacido lisiado. Y nacer lisiado supone, en cierto modo, estar enajenado de lo que entendemos por vida común. La vida común exige, todos lo sabemos, el tickeado de unos casilleros que califican nuestras existencias. Así, dado el visto bueno a la casilla de la familia, de los hijos, del trabajo, del éxito personal, del apellido, del prestigio, del autito a plazos, del sexo semanal, la vida vale la pena. Y es a esa vida a la que hay que defender contra toda ofensa. El insecto de la rabia despereza sus patitas, las mismas que antes posó sobre la mierda, y antes de ser aplastado por el zapato de Dios, todavía cree en la buena suerte.
Pero Gary no cree en la buena suerte. No se permite esa bajeza. La buena suerte es para los que la necesitan. La mala suerte, ¿qué es eso? Una psicosis de gente débil. Para Gary no hay nada, sólo los actos que no se ajustan a ninguna didáctica utilitaria. Y este el gran tema de sus dos últimas novelas: “El huésped” y la obra que presentamos esta noche. En “El lugar imperfecto”, todo ocurre de manera imperfecta. El problema es que no hay referencias para saber cuál es el ideal, lo correcto, digamos, porque esa posibilidad ni siquiera existe como tal. Amar y ser amado es una aberración. Ni Dios, demencialmente solo, lo ha conseguido, ¿por qué tendríamos que conseguirlo nosotros? Las analogías, en ese sentido, están fuera de lugar. El hombre siempre está fuera de lugar. El hombre sólo se asemeja al espejo. Ese es el lugar perfecto. Y mientras se cepilla los dientes amarilleados por el tabaco intenta acallar las preocupaciones nuestras de cada día.
Pero las preocupaciones baratas están ancladas en la repetición -¿qué comeremos mañana, amada mía?, ¿qué vestirán los niños, querido?, vote nulo, o mejor no vote- y así, interrogantes de una cotidianidad infernal, que Gary Daher Canedo narra con displicencia pero sin desencanto. El autor nos advierte, pues, que por lo menos en este planeta, lugar imperfecto, estamos destinados a disfrazarnos de mendigos, prostitutas, homosexuales, marginales, ejecutivos, mujeres que vomitan en los ascensores, hombres que fornican en un sauna; nos advierte, nos promete, que sólo desgarrando el telón de ese show tendremos la valentía de entonar las preguntas fundamentales: ¿quién?, ¿quién finalmente soy yo?, ¿acaso hay un “yo” único, indivisible? Si lo hay, ¿hacia dónde voy? ¿Existe un destino? ¿Soy el elegido?
Gary Daher contesta: sí, hay un elegido. Pero no hay contradicción en esa clarividencia casi neurótica. Todos hemos sido exclusivamente elegidos para cumplir este destino, que con el índice tembloroso escogimos del divino menú, antes de ser arrojados a un país como Bolivia (¿qué quiere decir “un país como Bolivia”?), en un tiempo absurdo, en una clase a medias. Y es que todos los tiempos son el tiempo, no en líneas paralelas, sino en una simultaneidad caótica y desesperanzada. Por eso, cuando me di de narices con esta obra, y me sentí convocada con una naturalidad casi despectiva -“querido lector”-, por una reacción de inmediato orgullo quise clasificarla: ¿novela?, ¿intertextualidad?, ¿sólo un cúmulo de páginas donde el autor se juega el pellejo?
Bien, es una novela, en la que debemos renunciar a la comodidad de identificar a un protagonista y un antagonista; todos son Uno. No ocurre nada extraordinario en estas vidas, que desesperadas, para no ser devoradas por la mediocridad, prefieren tocar el fondo del pozo. Uno mismo es el antagonista, allí vamos, destruyendo posibles felicidades al habernos casado con Julia y no con Valentina, al haber estudiado ingeniería y no abogacía, todavía con la pequeña, miserable posibilidad de que del cajero automático extraigamos un saldo que nos permita llegar a fin de mes, y a pesar de eso continuar creyendo que podemos ser profetas y leer un destino, ¡un futuro! Imagínense, ¡un futuro!
Con “El lugar imperfecto”, Gary Daher Canedo confirma que la escritura es el recorrido de su camino interior, y que ya ha transitado un trecho significativo, pues en esta obra el lector podrá percibir que la ironía, la mueca de la letra, el tajo de la palabra, no son poses efectistas. (lectura de la página 37).
Daher Canedo se muestra así, tal cual, perplejo, adolorido y deslumbrado por esta cosa, este vértigo que llamamos “vida”. No sé sobre qué otros temas desandará Gary Daher su existencia de escritor, tautología tras tautología -obsesiones griegas de por medio, personajes venidos de una lejana África que empiezan a encarnar en nuestras charlas de café-, pero sí me atrevo a vaticinar con desvergonzada euforia, que, a su pesar, nada le será negado. No el dolor, no la gloria, no la gran obra, ni el olvido, tampoco la indiferencia, no la muerte. A cambio, él jamás podrá mezquinar nada a su vocación de escritor. Así ha sucedido y así sucederá siempre. Y como en un infinito plano secuencia, la bondadosa mirada de Dios no le acertará a tu mejor ángulo. Puedo asegurártelo.
Giovanna Rivero Santa Cruz.